Historia de la Cirugía Plástica
Recuerdos y anécdotas del doctor Héctor Marino: segunda parte
Dr. Ricardo J Losardo
Revista Argentina de Cirugía Plástica 2025;(01):0026-0028
Se relata el inicio del Dr. Héctor Marino en el Hospital Rawson (1933) y la influencia de su padre, el destacado cirujano general Salvador Marino, sobre su formación quirúrgica.
Palabras clave: biografía, historia de la medicina, cirugía plástica.
This article describes the beginnings of Dr. Héctor Marino’s career at the Rawson Hospital (1933) and the influence of his father, the prominent general surgeon Salvador Marino, on his surgical training.
Keywords: biography, history of medicine, plastic surgery.
Los autores declaran no poseer conflictos de intereses.
Fuente de información Sociedad Argentina de Cirugía Plástica, Estética y Reparadora. Para solicitudes de reimpresión a Revista Argentina de Cirugía Plástica hacer click aquí.
Recibido 2025-01-24 | Aceptado 2025-02-04 | Publicado 2025-03-31

Introducción
El doctor Héctor Marino (1905-1996), destacado cirujano plástico argentino, fue un pionero de la especialidad en Latinoamérica. Profesor de la Escuela de Posgrado de la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador y primer director de la Carrera de Especialización en Cirugía Plástica. Jefe del Servicio de Cirugía Plástica del Hospital de Oncología “María Curie”. Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina. Miembro Honorario de la Asociación Médica Argentina. Presidente de la Academia Argentina de Cirugía. Presidente de la Sociedad Argentina de Cirugía Plástica.
Marino escribió en los últimos años de su vida tres crónicas de viajes (1935, 1938 y 1944-1945) así como recuerdos y anécdotas de distintas épocas de su vida4-7. A continuación, transcribimos, con algunos retoques, dos de ellas que llevan los títulos “Don Salvador Marino” y “Hospital Rawson: la Escuela Quirúrgica Municipal”.
En la primera anécdota habla de su padre, don Salvador (1876-1956) (Figura 1), a quien respetaba y admiraba, tanto en lo personal como profesional. Con él dio sus primeros pasos como ayudante en sus cirugías durante las tardes. Su padre tenía únicamente la nacionalidad italiana, se inició en el Hospital San Roque (desde 1914, Ramos Mejía) y luego pasó al Hospital Italiano, siendo su jefe y maestro el Dr. Nicolás Repetto (1871-1965), donde desarrolló toda su carrera asistencial. Durante la Primera Guerra Mundial viajó con su familia a Europa (1915-1919) para ejercer como cirujano en la atención de los soldados heridos. Por esta actuación, la Academia de Medicina de Roma lo integró como “Académico”; y el ejército italiano le otorgó el grado de teniente coronel médico1,12.
Luego Héctor Marino comenzó con el Dr. Ricardo Finochietto, primero en el Hospital Alvear (como relatamos en la primera parte) y después en el Hospital Rawson. Menciona en este escrito la relación profesional de su padre con destacados cirujanos de aquella época, como José Arce (1881-1968) del Hospital de Clínicas, Adrián Jacobo Bengolea (1887-1950) del Hospital Rivadavia, Pedro Chutro (1880-1937) del actual Hospital Ramos Mejía y Ricardo Finochietto (1888-1962) del Hospital Rawson. También, en otro escrito, menciona la relación que tuvo su padre con Rodolfo Santiago Roccatagliata (1877-1925) del Hospital Militar Central. Todos ellos, personajes de una época gloriosa para la cirugía argentina, discípulos de los maestros Ignacio Pirovano (1844-1895) y Alejandro Posadas (1870-1902). También hace mención a la Asociación Argentina de Cirugía, iniciada en 1928 y fundada en 1930, lugar de encuentro para difundir y discutir los trabajos que presentaban los cirujanos y lo hacían en la sede de la Asociación Médica Argentina (AMA).
En la segunda anécdota habla del traslado del equipo de médicos -del cual formaba parte- de RF, desde el flamante Hospital Alvear (inaugurado en 1910) al Hospital Rawson (1868). En ese momento, su padre ya era director del Hospital Italiano de Buenos Aires (inaugurado en 1901)9,11,15.
Don Salvador Marino
Al final de un poco más de un año en el Alvear, yo estaba en una posición ambigua: por un lado, aprendía la cirugía del esfuerzo consciente de la Escuela de Finochietto; y por el otro, presenciaba la cirugía sencilla y genial de don Salvador. Confieso que entonces no me daba cuenta de que era hijo de un verdadero genio y sólo después, con los años, vi una evidencia que ya habían percibido tantos colegas amigos o enemigos y agradecidos clientes. Mi padre era ante todo un acabado anatomista, lo que le permitía, como a Enrique Finochietto, llegar al problema sin pérdida de sangre ni tejidos innecesariamente lastimados; operaba rápido y seguro, con pocos instrumentos y complicaciones, casi sin ayudante y sin instrumentadora. Y con esos medios exiguos, conseguía resultados casi milagrosos.
Vaya un ejemplo al margen: en esa era preantibiótica la apendicitis aguda, seguida de necrosis del apéndice, era bastante común y desgraciadamente mortal. ¿Qué sucedía?: el cirujano hacía su diagnóstico correcto, y hasta ahí todo andaba bien, pero luego abría el vientre e iba en busca del absceso apendicular y trataba de sacar los restos del órgano terminando con un copioso drenaje de la zona. Como el peritoneo se había contaminado, el paciente, en general, sucumbía a una peritonitis generalizada o sobrevivía después de una denodada lucha. Don Salvador (y hay que señalar que, en eso, era seguido por muchos que lo habían visto claro, incluidos los Finochietto) abría el vientre y, con largas valvas y mechas de gasa, iba hacia el flemón creando una barrera infranqueable entre el pus y el resto del peritoneo. Llegado al lugar del “incendio” procedía a arrancar en pedazos los restos del apéndice necrosado con un largo clamp, limpiaba someramente el foco, a menudo con gasas empapadas en éter y daba por terminado este primer tiempo. A los 20 días, con el paciente repuesto, se retiraba el tapón de gasa empapado en pus y quedaba una cavidad de firmes adherencias peritoneales con una fístula estercorácea en el fondo. El paciente se iba recuperando sin novedades y, después de un tiempo prudencial la cavidad se había cerrado hasta dejar una simple fístula fecal, fácil de solucionar.
Aplicando los mismos principios lógicos ante una úlcera perforada o sangrante, no esperaba la catástrofe; operaba con el paciente aún entero, resecando el estómago afectado y los resultados eran siempre brillantes. La resección de estómago se hacía, a menudo, en caso grave, con una inyección de eucodal con hioscina y una abundante infiltración de las paredes y mesos, sin muchas pinzas o clamps. La intervención no era tan bonita, pero como no se había tirado o traccionado de los mesos ni había bordes necrosados por los clamps (pues sólo usaba clamps en la parte que se iba), los edemas de boca eran desconocidos; y el paciente, al día siguiente, estaba masticando sin tragar bocados de bife para hacer alimentación total a la semana, con resultados espectaculares.
Las litiasis biliares se solucionaban con extirpación de la vesícula siempre de fondo a cuello, con lo que nunca vi una ligadura del colédoco (y que haberlas había…). Un vaciamiento de cuello bilateral llevaba minutos; nunca presencié una parálisis de cuerda vocal en resección de tiroides, operada por este súper anatomista. En fin, estaba en presencia de alguien que creía en una cirugía aparentemente sencilla pero basada en principios biológicos que aún hoy son lamentablemente olvidados.
Creo que esto explica por qué, en este estado de duplicidad inconsciente, yo terminé dedicándome a una especialidad quirúrgica bastante ajena a la actividad de mi padre.
Como última reflexión permítanme decir que don Salvador tenía una virtud o defecto, como se quiera llamarlo: era terriblemente modesto y no se hacía propaganda y, por lo mismo, le gustaba mucho enseñar, pero no escribir o dar conferencias sobre lo que hacía. Por ejemplo, la técnica de la apendicectomía la publiqué yo en “El Día Médico” a instancias de Ricardo Finochietto, que lo admiraba sin límites. En cuanto al relato sobre “Mioma uterino” que hizo para el tercer Congreso de la Asociación Argentina de Cirugía con Adrián Bengolea, este disertó sobre el tratamiento y mi padre sobre las complicaciones de la miectomía. Esta parte -que le tocó a él- la tuve que escribir bajo su dictado. Para comprender el reconocimiento que tenían los colegas sobre mi padre, quiero recordar que el relato del primer congreso, en 1928, se lo dieron a José Arce; el segundo, en 1930, a Pedro Chutro; y el cuarto, en 1932, a los hermanos Enrique y Ricardo Finochietto. Por estas razones, se comprenderá que cuando “las papas quemaban”, amigos y enemigos (que también los tuvo) recurrieron a don Salvador y algunos murieron en sus manos.
Hospital Rawson: la escuela
vquirúrgica municipal
Si mal no recuerdo, en 1933, RF ganó el concurso de jefe de Servicio de la Sala VI del Rawson y todo el grupo tuvo que emigrar a nuevos lares. Esto nos costó mucho, pero se hizo con gran entusiasmo juvenil. En realidad, todo era igual, pues la Asistencia Pública no había cambiado; lo que teníamos era como lo de antes, pero mirado con una poderosa lente de aumento. Al grupo inicial se fueron agregando muchos, que más tarde se destacaron: Julio Uriburu, Leoncio Fernández, Atilio Lasala, Pedro Esperne, Alfonso Roque Albanese, Santos Luchetti, Horacio Resano, el comunista declarado Américo Nunziata, etc. etc. Pero la disciplina quiso ser la misma y se respetaron las mismas reglas de vestimenta, de cajas escritorio, de rigurosas historias clínicas, de exámenes de anatomía, de idiomas, de literatura extranjera, de uñas…, etc. Como no había remedio todos los nuevos aceptaron las reglas, incluidos los insultos del jefe, o se fueron.
Naturalmente, el número de pacientes se multiplicó y, por consiguiente, se instalaron salas de operaciones en todos los lugares libres y las dos salas de internación, de hombres y mujeres, estaban ocupadas al máximo, lo que tenía corriendo a todo el personal. La eficaz “caba” de la Sala de Hombres era una enfermera antigua, eficaz y experimentada, que en caso necesario (dolores terminales de cancerosos, por ejemplo) practicaba la eutanasia sin ambages. El resto de las enfermeras era también bueno y la Hermana de Caridad de acuerdo al modelo, enemiga de RF, amiga nuestra y de infinita paciencia. Lamentablemente, en uno de esos triunfos de las fuerzas de izquierda, las Hermanas de Caridad debieron retirarse de la Asistencia Pública, con la consiguiente disminución de la calidad de la atención y el encarecimiento de los servicios.
En cambio, mi padre, en ese momento director del Hospital Italiano, pidió a Roma una Orden de Hermanas para su hospital -donde también habían sido suprimidas por iguales influencias- con un enorme éxito y el general beneplácito de sus administrados. Y, volviendo al Rawson, como ahora y como siempre, el desperdicio era enorme, el robo común y la comida pésima, con lo que los internados, después de un tiempo, entraban en un estado que entre nosotros fue llamado de “hospitalitis”, una depresión orgánica general, con la consiguiente disminución de los resultados del tratamiento. Por ello, cuando a mí me llegó el turno de tomar funciones ejecutivas, decidí cuidar especialmente esos aspectos.
En esta segunda parte de nuestra publicación, remarcamos que en 1933 Ricardo Finochietto, con un primer grupo de siete discípulos, entre los que estaba Héctor Marino, pasó del Hospital Alvear al Hospital Rawson. Allí el grupo de discípulos se agrandó con una decena más de jóvenes galenos entusiastas. En estos primeros años de graduado, Héctor Marino iniciaba su formación en cirugía general. Su inclinación por la cirugía plástica, fundamentalmente la reparadora, vendría un par de años más adelante2,3,13,14.
Esta serie de artículos pretende recordar la figura de Héctor Marino y la época inicial de la cirugía plástica argentina, ante las futuras generaciones de cirujanos plásticos, para que tengan modelos y ejemplos a seguir en nuestros tiempos actuales8,10.
Losardo RJ, Marino HS. Héctor Marino. Pionero de la Cirugía Plástica Latinoamericana. La Prensa Médica Argentina, 2023;109 (2): 64-74.
Losardo RJ. Alfonso Roque Albanese: cirujano y anatomista. Ediciones Universidad del Salvador. Buenos Aires, 2020.
Losardo RJ. Doctor Alfonso Roque Albanese, pionero de la cirugía cardíaca. Revista ALMA Cultura y Medicina, 2020;6(1):30-51.
Losardo RJ. Dr. Héctor Marino. Crónica de viaje: Alemania e Inglaterra, 1935. Revista ALMA Cultura & Medicina. 2019;5(1):51-7.
Losardo RJ. Dr. Héctor Marino. Crónica de viaje: Estados Unidos, 1938. Revista ALMA Cultura & Medicina. 2019;5(2):8-16.
Losardo RJ. Dr. Héctor Marino. Crónica de viaje: La Segunda Guerra Mundial. Revista ALMA Cultura & Medicina. 2019;5(3):6-12.
Losardo RJ. Dr. Héctor Marino. Recuerdos de los Congresos Internacionales de Cirugía Plástica. Revista ALMA Cultura & Medicina, 2022;8(1):48-61.
Losardo RJ. Dr. Miguel Correa-Iturraspe: La cirugía plástica que ha vivido. La Prensa Médica Argentina. 2023;109(3):101-20.
Losardo RJ. Oscar V. Mallo. Pionero de la cirugía plástica infantil argentina. La Prensa Médica Argentina. 2024;110(3):123-30.
Losardo RJ. Recuerdos y anécdotas del doctor Héctor Marino: primera parte. Revista Argentina de Cirugía Plástica, 2024;30(4):343-5.
Losardo RJ. Semblanza del Académico Profesor Doctor Fortunato Benaim. Revista de la Asociación Médica Argentina. 2021;134(4):6-8.
Losardo RJ. Semblanza del Académico Profesor Doctor Héctor Marino. Revista de la Asociación Médica Argentina. 2018;131(2):4-6.
Losardo RJ, Albanese EF. El final del Hospital Rawson y la diáspora finochiettista. A 45 años de estos hechos. Revista de la Asociación Médica Argentina. 2023;136 (2):18-25.
Losardo RJ, Cruz-Gutiérrez R, Prates JC, Rodríguez-Torres A, Valverde-Barbato de Prates NE, Arteaga Martínez M, Halti-Cabral R. Doctor Alfonso Roque Albanese: Pionero de la cirugía cardíaca latinoamericana. Homenaje de la Asociación Panamericana de Anatomía. International Journal of Morphology. 2017;33(3):1016-1025.
Losardo RJ, Prezzavento G. Académico Fortunato Benaim (18/10/1919 – 24/09/2023). Revista Argentina de Cirugía Plástica, 2023;29(1):158-160.
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